domingo, 4 de noviembre de 2007

ACERCANDONOS AL TEMA DE LA PREDESTINACION


Plantear el tema de la predestinación resulta hoy día algo extraño y novedoso. En la era de la democracia mundial, en la época de los valores estadísticos, no parece usual hablar de ¨manada pequeña¨ frente a la mayoría. Sería mejor hablar de multitud. Cierto que en las Escrituras Bíblicas encontramos este último término referido en el Apocalipsis, en la visión juanina sobre los que adoraban en el cielo. Este concepto de multitud está referido a una época final, sumatoria de todas las personas que han creído el evangelio desde épocas muy remotas. Resulta evidente que todos aquellos que han profesado fe verdadera lo han hecho a través de los siglos, lo cual nos hace suponer que en tiempos muy puntuales no existe tal masa de gente, sino solamente la manada pequeña.

O Dios gobierna el mundo o lo hace el hombre. Jehová es presentado como el Rey de Reyes y Satanás como el Príncipe de este mundo. Vemos una jerarquía a la que el hombre está sujeto. El Concilio de Trento, en 1563, en los cánones sobre la justificación, expone: "Si alguno dijere que excitada y movida por Dios, la voluntad humana no coopera dando su asentimiento a Dios, que le excita y llama a prepararse a obtener la gracia santificante, y que no puede disentir si quiere, sino que es inactiva, y meramente pasiva, sea anatema (Canon IV). Si alguno dijere que desde la caída de Adán el libre albedrío se ha perdido y extinguido, o que es cosa nominal, ficción introducida por Satanás en la Iglesia, sea anatema (Canon V)". (cf.La Soberanía de Dios, de A.W. Pink.).

En la arremetida contra el protestantismo Roma fijó posición desesperada en uno de los puntos relevantes del evangelio de la Reforma. Es obvio que este evangelio reformado es un puro extracto bíblico, emanado de lo dicho desde tiempos antiguos por los profetas, avalado por las palabras del Mesías y ratificado por los escritores del Nuevo Testamento. Lo triste es contemplar cómo la Iglesia del siglo XX y ahora del XXI se mueve en otros parámetros, el de la masificación. En su afán por predicar el evangelio hace discípulos ella sola, anexando para sus haberes a un cuerpo de personas que ajenas a las verdades del evangelio de Jesús milita en una suerte de democracia bíblica, que raya incluso los límites de la herejía. Jesús, según lo relata Juan en capítulo 6 de su evangelio, verso 44, platicando con un grupo de sus seguidores -incluso llamados discípulos, si vemos el contexto- les precisaba sobre la elección. "Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere", pero muchos de sus discípulos dijeron "dura es esta palabra; ¿quién la puede oír?". Continúa el texto diciendo que Jesús sabía que sus discípulos murmuraban de esto, por lo cual les dijo: ¿esto os ofende? -porque mucha gente se ofende cuando oye hablar de la predestinación, de la soberanía de Dios, porque la considera injusta, un tema tabú, poco diplomático, auyenta diezmos y ofrendas, nos lleva a la manada pequeña, nos hace sentir solos como Elías el profeta. Jesús sabía desde el principio quienes eran los que creían y quien le habría de entregar. De manera que les agregó, según los versos 60 al 65 de Juan capítulo 6, por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre, y la consecuencia fue soledad, la vuelta a la manada pequeña, porque entonces muchos de sus discípulos volvieron atrás y ya no andaban con él.

Los modernos predicadores conminan a su público a levantar la mano, a dar sus nombres, a repetir oraciones, a asistir a la iglesia, para engrosar las estadísticas de los convertidos. Confunden predicar con convertir, y asemejan reiteración de conductas con hacer discípulos. El Maestro le dijo a sus discípulos, luego de lo narrado en Juan 6 antes citado, ¿Queréis acaso iros también vosotros?, reseñando con ello que no se preocupaba por aumentar el número de sus escogidos, como tampoco buscaba reunir multitudes para presentárselas al Padre en señal del éxito de su misión.

El peso de la mayoría en una civilización que se levanta en contextos democráticos, en contextos colectivos dictados por la uniformidad de un peso hegemónico como el de los sistemas publicitarios, hace suponer un criterio común, un 'estar de acuerdo con'. El hombre que se disocia del grupo se asemeja al renegado, al loco desubicado que tiende a integrarse solamente para no convertirse en un apocalíptico. Deseamos identificarnos con un grupo, utilizar sus mismos elementos sígnicos, lo cual nos retribuye su membresía. Pero el paradigma bíblico es otro: Voz del que clama en el desierto, actualizado en Voz del que clama en la multitud, en la soledad de la masa. Isaías, el profeta, reclamaba igualmente: ¿Quién ha creído a nuestro anuncio? La respuesta a la pregunta del mismo estilo formulada por Elías no fue otra que 'Me he reservado 7000 hombres que no han doblado sus rodillas delante de Baal'. Si miramos ese contexto sabremos que 7000 personas es una ínfima proporción entre aquellos habitantes de Israel, y menos proporción aún frente al resto de los habitantes del planeta para ese entonces.

¨No temáis manada pequeña, porque a vuestro Padre le ha placido daros el reino" (Lucas 12:32). Este concepto está en pugna con el criterio moderno. Nos atropellan las multitudes en el béisbol, en el fútbol. Nos impacta al alma la multitud congregada en recintos de iglesia. Número y estadística. Pero donde hay dos o tres en mi nombre, dice Jesús, allí estoy en medio de ellos. No exigió multitudes, sino al contrario dijo: "Porque muchos son llamados y pocos escogidos" (Mateo 22:14). " Entrad por la puerta estrecha, porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella; porque estrecha es la puerta y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan" (Mateo 7:13-14).